Desde hace algún tiempo se muestra unánime la opinión de los especialistas: en la actualidad, la mayoría de los profesionales de los llamados medios de comunicación hablan mal o muy mal; escriben mal o muy mal. Y no se trata sólo de que se hable con una vocalización deficiente sino que, en conjunto, se está llevando a cabo una perversión de la prosodia, de la acentuación, de la entonación, del lenguaje en definitiva que algunos consideran ya alarmante. Hasta tal punto que es frecuente que aparezcan en la prensa escrita artículos referidos al tema invocando medidas que pongan fin, o al menos disminuyan sus consecuencias, a esta confusión lingüística que está creando un “estilo” mediante la negación reiterada del estilo propio de la lengua común.
El problema es de tal envergadura que el Instituto Cervantes ha intervenido editando o patrocinando algunos textos que pueden ayudar a deshacer el entuerto que ya se ha convertido en un imaginario sonoro común: en general, los periodistas de audiovisuales hablan todos igual, apoyados en cantinelas, muletillas y frases de dudoso sentido que oscurecen el mensaje en lugar de aclararlo.
En cuanto a televisión, el lenguaje –además de efectos de ambiente y músicas- está compuesto de significantes iconográficos, significantes verbales y significantes no verbales; para entendernos, el lenguaje de la imagen, el lenguaje verbal y el lenguaje no verbal, aquel que se encuentra más allá del signo verbal y que le dota de significado especial en relación a los restantes mediante una serie de herramientas que hacen que los mensajes adquieran caracteres de verosimilitud y cercanía.
El trabajo en el periodismo audiovisual no es el mismo que en el periodismo escrito; en el periodismo audiovisual es necesario no sólo saber escribir sino también saber hablar, saber leer y saber actuar. La experiencia nos muestra que, en general, en estas tres últimas facetas es donde se encuentran las mayores dificultades. El periodista de medios audiovisuales cuenta historias, pero no de ficción; siempre cuenta historias, pero historias reales que han ocurrido y de las que el receptor no sabe nada o apenas un simple dato. Es labor del periodista de audiovisual contar esa historia ocurrida de manera veraz, con la credibilidad imprescindible para que el receptor la crea y con la sencillez necesaria para que la entienda.